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El intento de Marta Sánchez de poner letra al himno de España no me parece ni espontáneo, ni casual, ni una iniciativa unilateral de la cantante. Pura percepción personal sin nada material que permita confirmarla, pero la rápida difusión, la sobrereacción en torno a su supuesto éxito (que es más un pronóstico que un diagnóstico), la campaña en redes recogiendo apoyos y el aplauso cerrado de sectores conservadores, me hacen ser así de picajoso, que le vamos a hacer.

Tampoco comparto buena parte de la letra, porque me parece que más que lanzar un mensaje para todos los españoles y españolas, vuelve a tratar de hacer tragar con ruedas de molino a una parte -No pido perdón, Dios, España Grande…-. Ese, creo, no es el camino para construir denominadores comunes que se puedan compartir por el conjunto, siguen dejando a mucha gente fuera y refuerzan la idea excluyente de España que tan malos resultados está dando para la convivencia.
Mas allá de eso, la iniciativa ha sido respondida por el arco progresista en el mejor de los casos con desgana y cierto aire de superioridad sobre un nacionalismo español que se percibe antiguo, casposo o cutre, pero sin ofrecer ninguna alternativa. Cada vez que aparece la bandera, las instituciones o los símbolos en los que se encarna la idea de España, sectores progresistas muy importantes se mueven entre el desdén y el desprecio pero sin tomar la iniciativa para abrir otros horizontes que puedan ser compartidos por mayorías que si se identifican con la idea de España o que al menos se sienten incluidos en ella.
Muchos comentarios han apuntado a que esto es una simple cortina de humo. Habrá reconocer que España y su bandera a menudo le sirven al PP para tapar sus verguenzas, pero quedarse ahí no ofrece ninguna guía para los próximos pasos ni ningún hotizonte de acción política. En cambio, preguntarse por qué disponen en exclusiva de esa corina, o quien se la ha regalado todos esos años para que puedan usarla a su antojo, si que permite extraer algunas ideas para que en el futuro no puedan seguir usando los símbolos nacionales para ocultar aberraciones, cohesionar a los suyos y dividir el campo de juego en el sentido que les es más favorable.
Si por el contrario no hay reflexión, ni otra reacción más propositiva ante ningún debate sobre los símbolos nacionales que poner cara de asquete y soltar gracias, tenemos un problema político de primer orden derivado de la renuncia a entender una de las razones importantes por las que se ha sido incapaz de construir un espacio político alternativo con capacidad de gobierno.
En primer lugar porque lo simbólico construye identidades y el peso de las identidades en política, suele ser superior al peso de los argumentos o de los programas electorales, pero también porque alguien que tiene esos evidentes problemas para tratar con naturalidad los símbolos de la comunidad en la que se inscribe, está incapacitado para poder gobernarla.
La izquierda española lleva teniendo problemas desde hace muchas décadas para articular una propuesta de modelo territorial así como para relacionarse con los símbolos del pueblo al que (se supone) aspira a representar; Del clásico “Un patriota a un idiota” al “España es una patraña” todo un catálogo de cánticos y consignas rechazan identificaciones, símbolos y sentimientos que la derecha ha ostentado en régimen de monopolio desde el golpe de estado en el que ganaron “los nacionales”.
Ganaron, y durante muchísimo tiempo llenaron ellos de contenido la idea de España y sus símbolos, arrogándose para sí lo que era de todos y todas. Así de sencillo. No ha habido proceso de reparación, ni políticas públicas, ni reconocimiento que hayan permitido elaborar ese duelo, es cierto, pero no superar esa fase histórica supone convertir el futuro en estatua de sal.
La cuestión es si de aquella derrota saldrá algo más que un profundo trauma incapacitante, semilla de derrotas presentes y futuras que a su vez provocan más traumas, más derrotas y más impotencia en una espiral de decadencia de la que los sectores conservadores del país son los principales beneficiarios.
Esta situación pesa como una losa en las aspiraciones de cambio de un pueblo al que ese trauma de la izquierda le trae sin cuidado (especialmente entre los jóvenes a quienes remontarse a él les parece viajar al siglo XII) y en el que la inmensa mayoría no tiene ningún problema con todos esos símbolos e identificaciones, de la bandera al himno pasando por la idea de ser español.
¿No cabe incorporarse con normalidad a una idea de España más democrática, más moderna y abierta? ¿No hay mimbres que nos permitan construirla entre todos?.
España son también las madres de mi barrio haciendo malabares con sueldos de hambre para sacar a la familia adelante, son nuestros deportistas y nuestras científicas, los jubilados poniendo su pensión para rescatar a sus hijos e hijas cuando el gobierno rescataba bancos, las actrices y artistas, son voluntarios apagando incendios o sacando chapapote de las playas, es el avance en términos de protección de la infancia de los últimos 60 años, es el 15M y el “No a la Guerra” y la PAH… Si le regalamos al adversario la posibilidad de establecer qué es y qué no es nuestro país, de definir quien queda dentro y quien queda fuera… ¿Dónde creemos que nos pondrán a nosotros?.
Si quien pretende cambiar el estado de las cosas no asume esto, en cada crisis de estado, en la cuestión vasca o catalana, en cada mundial, en cada día de la hispanidad o debate sobre la nación va a sufrir y a sangrar. Y va a perder terreno dejando en manos de los sectores más conservadores potentes agregadores sociales como la idea de nación y los sentimientos de pertenencia que genera.
Puede que el debate sobre la pertenencia nacional, la bandera y los símbolos, no forme parte de lo urgente (o si), pero desde luego forma parte de lo importante en la medida en que con él se configuran importantes bloques sociales que ponen y quitan presidentes y que en definitiva, deciden que tipo de país somos y seremos.