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Ayer lunes, a la gente de Podemos nos costó un poco más salir de la cama. Nos dolía aún el costado tras los resultados de las elecciones catalanas. Sí, esperábamos mucho más. Sí, el resultado es muy malo. Pero te levantas, haces el desayuno y ya en el tren de camino a la Asamblea de Madrid empiezas a trabajar sobre el resultado para mejorarlo; es lo que toca hoy. Nadie nos dijo que fuera a ser fácil y tampoco somos de andar mucho tiempo lamentándonos.

¿Qué ha pasado en estas elecciones?. Con apenas un 7% escrutado empezaron a hacerse hueco las más variadas explicaciones, algunas de ellas simplificaciones que explicaban poco, otras son la misma de siempre, la que se repite como un mantra independientemente del enunciado del problema: La culpa es de la dirección. Así, tal cual. No estoy en absoluto de acuerdo.

Me recuerda la actitud de algunos seguidores de fútbol cuyo equipo después de ganar tres temporadas y dos Champions, pierde algunos partidos y ya están pidiendo la cabeza del entrenador.

En primer lugar hemos asistido a unas elecciones de carácter excepcional, en clave plebiscitaria sobre la independencia de Cataluña. Así lo entendió el bloque del sí (JxSí y CUP), pero también el bloque del no (C’s, PP y PSC), los medios de comunicación, la sociedad civil catalana, y a juzgar por los resultados la inmensa mayoría de quienes fueron ayer a las urnas. En ese escenario, nuestra historia se parece al clásico episodio de quien se pone a intentar separar en una pelea que está a punto de estallar y sale de ella malparado.

La tremenda polarización electoral ha servido para que se hable poco de la corrupción, de las privatizaciones o del hambre infantil, y ha permitido que unos y otros eludan sus responsabilidades en beneficio de un debate sobre la independencia de Cataluña que al final, tiempo al tiempo, es posible que no vaya mucho más allá de un nuevo estatuto de autonomía.

En ese escenario nuestra propuesta tenía poco margen de crecimiento incluso yendo en común con ICV. Lo hemos dicho muchas veces, en unas elecciones sumar siglas no equivale a sumar votos ni escaños. Algunos nos planteamos hoy si no estaremos desdibujando una buena marca electoral. Anoche un compañero me decía que Apple no presenta en canarias un plátano, en Asturias una uva y en Extremadura un melocotón, la fuerza comunicativa de la marca es mantener la manzana y que todo el mundo la reconozca. Puede que lleve algo de razón.

Sin embargo pienso que la explicación más importante no se encuentra en el exterior de Podemos. La noche de los resultados de las Europeas del 25 de Mayo del pasado año, Podemos irrumpió en el escenario electoral a mano y sin permiso para sorpresa de todos. Pronto sacudió la misma pregunta en las conversaciones, en las entrevistas a nuestros portavoces, en los bares, entre la élite política: ¿Cuál ha sido el secreto de Podemos? ¿Cómo ha conseguido estos resultados?. Iñigo Errejón, director de aquella campaña, explicó entonces la hipótesis de trabajo que nos condujo a romper el techo de cristal que parecía aprisionar de por vida a cualquier intento de representación de la mayoría social que se expresó en las plazas. Era necesario trenzar todas las demandas parciales (desahucios, paro, corrupción, estafa energética, ausencia de participación ciudadana, etc…) y condensarlas en unas pocas ideas fuerza (democracia, soberanía, justicia social), asociadas a su vez a una marca electoral que representara a un nuevo proyecto político de cambio. Para ello hacía falta un buen aparato comunicativo que empujara a liderazgos mediáticos potentes en la esfera pública que fuesen capaces de reordenar el eje político (el famoso tablero) en favor de esa mayoría social.

De forma paralela, los círculos de Podemos supondrían el anclaje territorial de ese proyecto, la red de penetración capilar en la sociedad que permitiría ir reduciendo en parte la dependencia de los medios e ir incorporando a la sociedad civil al nuevo proyecto.

Esas eran las condiciones de posibilidad.

Pienso que buena parte de la explicación de los límites que hemos encontrado en las elecciones catalanas tiene que ver con no haber sabido encajar esta hipótesis de trabajo, que hasta ahora ha venido funcionando, en un escenario diferente y, también, con olvidar alguna de sus premisas.

De una parte, el espacio populista que supone la incorporación transversal de sectores sociales diversos en torno a un objetivo común ya estaba ocupado. El significante político agregador, en Cataluña, se llama “derecho a decidir”, y en torno a él ha tenido lugar el encadenamiento de demandas parciales, la idea de cambio y la acumulación de fuerzas. Por otra parte, el espacio de indignación y articulación de la misma que no encontraba refugio en una candidatura pilotada por las élites saqueadoras, se encontraba a su vez ocupado desde hace tiempo por la izquierda independentista (CUP). De manera que ni quedaba espacio social para una apuesta populista en clave social, ni existía la suficiente articulación territorial de la indignación vinculada a Podemos, porque ya se había generado en buena medida en torno a las CUP. La implantación territorial de Podemos es sensiblemente más lenta en Cataluña con veinte mil inscritos menos que Madrid y muchos menos círculos locales.

A todo esto sumemos la elección de un candidato sin el necesario liderazgo mediático (¿Estaríamos hablando hoy en estos términos de haber liderado CSQP, por ejemplo, Ada Colau?) y nuestra teoría populista queda seriamente herida. Si no se dan las condiciones, no se dan los resultados.

Quedaba la posibilidad de que se diese un trasvase de votos del PSC en torno a nuestro discurso que acepta el derecho a decidir pero propone un país de paises integrador y respetuoso, donde todo el mundo se sienta cómodo y respetado y por tanto no sea necesaria la ruptura. Ahora bien, las elecciones andaluzas ya demostraron que el PSOE aguanta mejor de lo esperado pese a su gradual desgaste y además es posible que en Cataluña el centro del tablero no esté exactamente en el mismo sitio que en el resto del estado, habiendo sido positivo introducir elementos diferenciadores que nos permitieran facilitar el trasvase de votos.

No obstante, la apuesta de CSQP por ese país de países donde prime la colaboración y no el enfrentamiento entre Madrid y Barcelona (Ada y Manuela están sabiendo dar un ejemplo en este sentido) tiene muchas papeletas para revalorizarse en unas elecciones generales. Muchas de las personas que en clave autonómica votaron una cosa, pueden ver en clave estatal a Podemos como el único actor dispuesto a desinflamar este conflicto abriendo los candados de la constitución, el del modelo de estado y el de los derechos sociales por encima de los beneficios de las élites. Está por ver.

La multitud de certidumbres y de incógnitas que se ciernen sobre las próximas elecciones generales llevan aparejado un escenario radicalmente distinto, y mucho más favorable, que el que afrontábamos en estas elecciones: ¿cuánto tiempo podrá Ciudadanos seguir jugando a darle la comisión de investigación de los ERES al PSOE en Andalucía mientras apoya al gobierno cercado por la Púnica de Cifuentes en Madrid?, ¿Donde está el suelo de voto de PP y PSOE que no paran de caer en cada nueva elección?, y sobre todo ¿dónde estará el máximo que podamos alcanzar nosotros y nosotras en unas elecciones generales que hemos definimos desde el principio como nuestro objetivo número uno, al que hemos supeditado todos y cada uno de los pasos que hemos dado estos dos años?. En estos dos años hemos construido poder popular en los barrios y pueblos, candidaturas municipales que gobiernan o cogobiernan en los principales ayuntamientos del país y otros muchos municipios de tamaño mediano o pequeño, miles de círculos, presencia institucional en numerosos parlamentos autonómicos, etc… ¿Hasta donde seremos capaces de llevar el impulso democratizador de aquellas plazas abarrotadas?.

Que no nos engañe nadie, eso también está por ver.

Emilio Delgado

Diputado en la Asamblea de Madrid

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